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Adanitas y cainitas (o el arte de negar al otro en las publicaciones de investigación)

Libros de investigación
Libros de investigación

Aterrizar por primera vez en un campo de estudio, caer como un paracaidista en tierra virgen o sentirse Adán, hollando un terreno que nadie antes hubiera explorado, son fortunas que no siempre se pueden alcanzar; menos aún en el campo de la investigación científica, donde la razón de ser estriba no tanto en el privilegio de descubrir un nuevo mundo cuanto en llegar a aportar conocimiento apoyándose en lo que otros ya han avanzado y, por tanto, siguiendo sus huellas.

 

Adanitas y cainitas (o el arte de negar al otro en las publicaciones de investigación)

El método científico y su principio de contrastabilidad (el poder ser sometido a prueba) consiste, precisamente, en eso; en edificar ladrillo a ladrillo, dejando explícitas —para apoyarse en ellas o para contradecirlas— las fuentes en que se bebe. El objetivo de investigar es poner esa contribución al servicio de la comunidad científica para que, a su vez, otros puedan continuar el proceso. El reconocimiento del trabajo realizado por anteriores autores es, así, consustancial con el hecho de investigar (no sólo por reconocer quién apuntó la idea en primer lugar sino por garantizar una argumentación que, en cualquier eslabón, pueda ser oportunamente comprobada). Si esto no se cumple el proceso de construcción del conocimiento —atrapado en un bucle continuo sin posibilidad de avance— deviene en esfuerzo vano.

Aunque es de sentido común, las actuales guías de buenas prácticas en la investigación insisten en este punto. La del CSIC, por ejemplo, deja claro que «los autores deben citar convenientemente en sus publicaciones todos los trabajos previos difundidos, que constituyan antecedentes de la publicación de que se trate». Ignorar aspectos sustanciales del estado de la cuestión viene a invalidar la investigación. Ello, en principio, sólo podría deberse al apresuramiento o a la propia incapacidad. Pero contemplemos también —¡no es más infrecuente!— un intencionado desconocer; un dejar de conocer que obedece, por supuesto, a razones mucho más complejas e inconfesables (aunque no difíciles de rastrear e identificar).  

Este querer «desconocer» el trabajo previo —intención contradictoria in terminis con una verdadera tarea de investigación—  es cosa que ha aparecido con recidiva a lo largo de la historia (en el título de este escrito nos hemos retrotraído, quizá con licencia excesiva, a los tiempos del Génesis). No obstante, la competitividad del momento que vivimos, alentada por la presión de producir «investigación» en los profesores universitarios, ha llevado a que este insano proceder esté degenerando en preocupante enfermedad (como tal la diagnostica, muy significativamente, el prestigioso Dr. Campos Muñoz en «La mala práctica en la investigación científica»). Estas patologías no son bien reconocidas por la sociedad, aunque sí sabidas —cuando no toleradas— en el ámbito universitario. Ciertamente, algunos casos han sido aireados hace poco en los medios; pero no olvidemos que ello se explica por tener como protagonistas a nombres de relevancia política o social. Lo cierto es que, fuera de esos titulares, el problema sólo parece tener interés para el anónimo afectado.

¿En qué consiste el ladino arte de la negación? Centrémonos un poco, sin salir, por supuesto, del terreno de la mera hipótesis: imaginemos el caso de alguien que ha iniciado su tesis en un programa de doctorado (en la Universidad Politécnica de Madrid, pongamos por caso); imaginemos también que otro doctorando o doctoranda inicia otra tesis sobre ese mismo tema, aunque desde un área diferente (y, supongamos, en otra universidad pública española). Es algo más frecuente de lo que en principio pudiera pensarse. Los dos doctorandos —en su caso, doctorandas— no tienen noticia el uno del otro; hasta que llegan a coincidir en su proceso de búsqueda en las fuentes primarias. He aquí el comienzo del conflicto.

Cuando la primera tesis, más avanzada, es defendida y aprobada con máxima calificación, a la que anduviere detrás no le debería quedar otra opción que redefinir su objeto de estudio —cosa que es siempre posible— y contar, desde luego, con la aportación de la primera. Pero, triste es pensarlo, parece que sí se nos abre otra opción para esa tesis: seguir su camino, sin ser reconducida y como si la primera —ni más ni menos— no existiera. Es la opción que da el primer paso del largo camino que aquí denunciamos: el arte de la negación del otro, a quien en vez de reconocer se le toma por contrincante, por pisar con inconveniencia (y con más autoridad) la línea de investigación que el segundón quiere arrogarse como propia.

Un arte ese, en definitiva, que se afirmará con ninguna timidez tras la lectura de esa nueva tesis sobre el tema. Pero nos preguntaríamos —siempre sin abandonar el límite de la hipótesis— si tendría sentido que esa segunda tesis pudiera llegar a ser leída y que fuera aprobada, también con cum laude, por un tribunal de especialistas (que, a pesar de serlo, pareciera desconocer la existencia de la tesis primera y de lo que objetivamente ha aportado). La duplicación es odiosa porque en materia de investigación no hay campos cerrados: el que se haya hecho una tesis sobre un tema no implica que no pueda producirse otra, con la condición antedicha. Es más: una buena tesis abre siempre líneas de investigación que pueden seguir otras tesis (y estas otras serán buenas en la medida en que reconozcan —con sus pros y sus contras— esa filiación).

Conjeturemos más cosas. ¿Y si esa segunda tesis, una vez leída, quedara oculta —a diferencia de la primera— en la biblioteca de su centro, de manera que su contenido sólo se pudiera traslucir a través de los artículos que el autor o la autora haya ido publicando? La difusión de las tesis leídas y aprobadas es obligatoria por ley: «la universidad se ocupará de su archivo en formato electrónico abierto en un repositorio institucional» (Real Decreto de 2011 por el que se regulan las enseñanzas oficiales de Doctorado). En esta prescripción sólo se dan contadas exenciones (casos concretos de patentes, contratos con empresas o similares) y acotadas temporalmente; pero la excepción parece convertirse en norma para algunas universidades españolas, dificultando la consulta al tener que realizarse en la correspondiente biblioteca universitaria y en determinado horario. Con ello, la plena ejercitación de ese arte quedaría así consumada; y, podríamos decir, con «celebrada impunidad». 

Ese camino iniciado irá empedrándose después con la creciente producción de artículos científicos, donde el arte de la negación del otro se puede proseguir con despejo en textos que cuando no sean de paracaidista lo serán de delictuoso refrito. Por parte del adanita, porque no se molesta en ver qué se ha pensado y escrito ya sobre el tema (es fácil darse con un artículo que nada aporta respecto a otro original, publicado a mayor inri en un número anterior de la misma —e indexada— revista); y en cuanto al cainita, porque es un taimado especialista en remitirse a fuentes primarias que sólo conoce a través de un autor que, por supuesto y con plena advertencia, no cita. 

El cainita no es siempre tan hábil como para llegar a ocultar que, a veces, el verdadero objetivo de su escrito es la eliminación del predecesor (naturalmente, siempre coevo): no es difícil  comprobar su disimulada intención de negarle el pan y la sal citando fuentes secundarias sin citarle a él; o de, aun citándolo sólo en aspectos muy accesorios y sin entrar en su aportación al fondo del asunto, pretender relegarlo para que no le haga sombra y aun atribuirse como propia la disertación del otro (o de la otra).

El arte de armar un artículo basado en otros anteriores que no se quieren reconocer alcanza su perfección con el uso de expresiones alternativas, no tan fáciles de detectar por programas antiplagio. Con todo, los más osados, llegan a utilizar expresiones literales ⎯sin citar al autor, claro—; o, con mayor maña, traducidas a otro idioma para publicar en revistas extranjeras. El plagiario mejor detectable por programas como el turnitin, de uso ya extendido en la Universidad española (apuro da decirlo), es el plagiario que además es holgazán —el de corta y pega—; pero… ¿y el otro? Hay otra cualidad de plagiario, más dañina y, por ahora —aunque todo se andará—, no identificable por turnitin ni otros sistemas: el plagiario o plagiaria algo más industrioso, el que no se contenta con apropiarse de las palabras sino… de las ideas.  

Adán fue el primer hombre que pisó y exploró la tierra (y aun, muy elocuentemente, su inaugural trabajo fue el de poner nombre a los animales). Su hijo Caín, como es sabido, fue el primero que tuvo envidia de que los frutos del trabajo del otro —su hermano— lograran mayor reconocimiento ante la divinidad; y por eso decidió, sin más, anular a quien le hacía sombra. En investigación —como en tantas otras cosas— está mal creerse Adán; pero mucho peor es arreglárselas como Caín.

 

Artículo cedido en exclusiva a  Estrella Digital México por sus autores:

Javier G. Mosteiro, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

María José Rodríguez Pérez, doctora arquitecta. Cuerpo de Arquitectos de la Hacienda Pública

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