Opinión

Las generaciones jóvenes y la política

Las generaciones jóvenes y la política

Si hay un sector de la vida pública sobre el que no caben dudas de su crisis terminal y de la necesidad de cambio, ese ámbito es el de la vida política/partidaria. Hay un cuestionamiento generalizado de la representación que ejercen los partidos políticos en especial y de casi todas las organizaciones político/sociales que median entre el ciudadano y el poder, en general; se ha instalado un divorcio del ciudadano con sus dirigentes en todas partes del mundo. Pareciera como que el ciudadano quisiera retomar la soberanía popular que había delegado en los partidos políticos desde su creación. Como sostenemos más abajo no se trata de la desaparición de los partidos políticos ni de instalar una democracia directa sin más. Se trata de reconocer que las elites, los representantes de ese ciudadano lo hicieron mal. Y es necesario que las dirigencias se dejen ayudar con medidas como las que se están recomendando en todo el mundo para revitalizar la democracia. No se puede detener el proceso que se inició con Internet y las redes.

El poder es la savia, el leitmotiv de la política. Si aceptamos que el poder tradicional está en crisis y que se viene una nueva concepción del poder, entrará en crisis, inevitablemente, la propia acción política de la cual se nutre el poder. Y, por conexión, pondrá en riesgo a la propia democracia, de la cual los partidos son parte importan

De esta crisis de la representación política no se saldrá de la misma forma en que se entró. Hay un fuerte impulso de la conciencia colectiva que va en dirección opuesta a los políticos profesionales. Y al poder establecido. Internet vino a profundizar la crisis política. Hay nuevas generaciones que encontraron su espacio político y social en Internet. El nuevo modelo de participación social amenaza el inmovilismo y los fetiches de partidos, sindicatos, y movimientos sociales tradicionales (Juan Luis Sánchez, en Los partidos políticos se desmoronan, eldiario.es, Cuadernos, 2013).

Las luchas por el poder en el siglo XX

Han sido de una violencia y capacidad de daño desconocida hasta entonces. Solamente en las dos guerras mundiales del siglo XX hubo entre 50 (la estimación más cauta) y 70 millones de muertos. Exilios de pueblos enteros, hambrunas, exterminio racial han sido consecuencia directa de las luchas por el poder. Las represiones y persecuciones de Stalin y de Mao dejaron otros tantos millones de muertos, deportados y exiliados. Según el periódico ruso Izvetsia en una investigación publicada en 1997 en época de Stalin fueron cuarenta y dos millones de muertos; y Mao Zedong en China: veintiún millones.

Los pueblos que hemos padecido dictadores, demagogos o gobiernos autoritarios sabemos por dura experiencia cómo, además de perder la libertad (y muchas veces la vida), estos gobiernos mesiánicos y delirantes nos han hecho perder lastimosamente el tiempo, han cambiado nuestros proyectos de vida. Los pueblos que han estado sometidos a gobiernos dictatoriales o autoritarios (como los países del este de Europa) sienten ‘un rencor histórico’ por esos gobiernos y regímenes que han despojado a cientos de miles, a millones de personas de su realidad, los han mantenido fuera del mundo verdadero en una especie de prisión colectiva o de secuestro emocional que les privaba de la capacidad de proyectar y proyectarse. Se les fingía y prometía un mundo ilusorio que —decían los sátrapas— empezaba con ellos

El ciberciudadano

Pareciera, afortunadamente, que el interés de las jóvenes generaciones está en las redes que les interesan a los jóvenes: Instagram, Snapchat, You Tube, etc.

 Ese desinteresarse por el poder tendría la virtud de alejar a las generaciones venideras de tantas y tan cruentas luchas que en el siglo XX asolaron a la humanidad.  Y en este proceso que recién se inicia todo indica que se priorizará el valor Vida por sobre el valor Poder. Los jóvenes de la generación rara vez hablan de derechas o izquierda, de socialismo o capitalismo. Y si inquieren sobre la conducta institucional, política o educativa preguntan si esas conductas tienen las características que les interesa: colaborativa, transparente, abierta y si es la expresión de un poder horizontal.

En 50 o 100 años, todos los sistemas políticos que hemos conocido serán irrelevantes. Democracia, comunismo, dictaduras… Si tenemos estos sensores biométricos en nuestro cuerpo y un algoritmo que te monitoriza todo el día y sabe cómo te sientes y lo que quieres y lo que necesitas, ya no se votará. Pero también nos parecerá una locura la idea de tener un dictador (Yuval Noah Harari, Homo Deus, breve historia del mañana).

Ahora  bien, antes de los 50 o 100 años que augura Harari será conveniente que el ciberciudadano, si bien no le interesa participar en política al menos controle, vigile, juzgue a través de las redes el accionar de sus representantes. Ya que hay un riesgo en ese desinteresarse por la política: dejar en malas manos la educación de sus hijos, la economía que sufrirán, o los dirigentes que los gobernarán. Una cosa es rechazar, desinteresarse por el poder y por la política activa y muy otra será desinteresarse del destino de la comunidad, de su propia comunidad. Por eso recomendamos al ciberciudadano interesarse por lo público. No debiera olvidar que en este nuevo y largo camino que inicia, aún munido de los formidables avances que se avecinan en la ciencia, en el hombre siguen coexistiendo, como afirma Freud, junto con el instinto de vida y de amor (Eros) el instinto de muerte (Tánatos), de agresión y autodestrucción. Y que, de esa eterna lucha dependerá el destino de todos nosotros.

Norberto Zingoni - Abogado, escritor

Autor de: El ciberciudadano y el cambio en el Poder (Ed. Didot)

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